Lágrimas negras (de Brin)


Diminutos copos de nieve morían lánguidos sobre su piel. Buceando en aquella luz oscura, sus ojos parecían líquidos. Mientras, mis dedos, quedaban atrapados en sus rizos y todos mis recuerdos se mecían, ebrios por su perfume. Toda mi vida comenzaba y terminaba ahí mismo, rodeado de niebla, oscuridad y copos de nieve calientes. Ella, yo, y nuestra piel. La música a nuestro alrededor sólo era un latido más, pero la existencia de todo lo demás era prescindible, daba igual. El tiempo no sabía cruzar aquella carretera que mis manos trepaban con habilidad. Nuestras bocas se encontraron y ya no hizo falta luz, ni música. Las yemas de nuestros dedos escucharon y se deleitaron en su viaje por nuestros caminos secundarios.
Todavía con los ojos cerrados, y con mi nariz enterrada en su pelo, la tomé en brazos y giramos al ritmo de la música. No estaba acostumbrada a ser llevada en volandas, a dejarse llevar. Pero lo hizo, y su risa, acompañaba cada giro, cada compás, hasta que nuestros pies dejaron el aire, y volamos, acompañados por aquellos pequeños pétalos de hielo caliente. Debajo dejamos familia, amigos y deberes. Volamos hacia un refugio nocturno, nubes de algodón negro, con sábanas de satén plateado.
La luna, cómplice de todos los amantes, fue testigo de como susurró mi nombre, y de cómo la corriente se llevó todo lo demás. Un torrente juguetón de agua caliente y salada. De lágrimas y gemidos, de piel.
Y cuando llegamos al mar, nos esperaban las olas. Y allí, tumbados sobre la arena, y con la tibieza de nuestra piel como único recordatorio de que todavía éramos humanos, la música se volvió a filtrar. Las estrellas guiñaron de nuevo, y abrimos los ojos. Nos miramos y sonreímos como estúpidos. Por compartir durante un momento eterno, nuestros nombres. Cuando nos volvimos a besar, ya éramos desconocidos otra vez…